
Al viento susurro nuestra historia, voz de mis ancestros, hoy por fin hemos alcanzado a nuestro redentor. Un nuevo pacto se ha hecho, un nuevo capítulo comienza. Mi alma danza de gusto en este rincón olvidado.
Los huesos se estremecen bajo la tierra, lo siento en este páramo sin tiempo. Las brumas nublan nuestra mente, pero el deseo continúa impasible: «Cercano es el momento…» dice, «roja es la flecha que apunta hacia destino».
“La celebración de los rostros pintados” así le llaman los altos grises. En aquel entonces aún podía escucharse el rumor del océano, incluso en estas tierras altas. Los centinelas encontraron las huellas de una extraña manada, su aroma incierto los confundía. Permaneció en sus mentes durante el descanso, haciéndolos soñar con tierras lejanas y repletas de bestias desconocidas. Siguieron el rastro hasta dar con aquel grupo forastero.
Se mantenían erguidos, llevaban sobre su cuerpo pieles y colmillos de otros animales, y de sus manos brotaba el fuego: símbolo de la destrucción, el que todo lo consume. ¡Cómo pudimos ignorar la terrible señal! Ellos tenían la misma naturaleza, pero entonces fuimos incapaces de verlo. Su brillo cegó a los centinelas, que volvieron a casa detallando las maravillas vistas.
Eran cazadores de gran potencial, una unión sería benéfica para ambas razas. Fue enviado un embajador, llevaba consigo un tributo para los hombres: la mejor parte de nuestra caza. Volvió al alba con el cuello rodeado por piedras y colmillos, y una gran historia que contar. Esa noche la manada entera fue a visitar a los hombres.
Así lo veo en este túnel del tiempo, “la celebración de los rostros pintados” los altos grises danzaron junto al hombre frente al fuego, sintiéndose uno con él. Comieron y bebieron de sus manos, aspiraron los vapores de las hierbas e infusiones que arrojaban a las llamas y se dejaron pintar el cuerpo con colores fabricados por aquellos seres. Esa fue la nefasta noche en que cometimos la imprudencia de pactar con el hombre.
Aquel grupo continuó su marcha por las tierras de mis ancestros, llevándose consigo a una parte de la manada. Dejaron con nosotros la reliquia que ahora nos encierra, un recuerdo del juramento que hicimos aquella noche. Los altos grises recuerdan con desdén a los traidores. Aquellos que nos abandonaron y se unieron a los hombres fueron los únicos que cumplieron verdaderamente el juramento; nosotros reproducíamos de forma ignorante aquel ritual, esperando su regreso amistoso, pero cuando el hombre volvió no fue el mismo, como tampoco lo fue la herencia de nuestros hermanos que se cobijaba a sus pies.
Me transporto de nuevo al presente con lágrimas en los ojos, aquel hombre amistoso de los tiempos de antaño desapareció junto con la voz del océano y el andar calmoso de la señora del bosque en los amaneceres. Hoy sólo quedan sombras entre los pilares de esta catedral antigua. La tierra tiene sed de venganza.
Sabemos que algo viene, lo sentimos como una energía creciente, un ánimo que nos invade. En el oscuro puente que ahora nos encierra, en este mundo sin nombre y sin tiempo, conocimos nuestra verdad, vimos nuestra muerte, supimos el porqué. Seguimos al Zorro con la esperanza de redención. Debemos buscar la forma de separar lo que unimos antes, una nueva coalición podrá ayudarnos. Puede olerse algo en el aire: hay un susurro nuevo… o un susurro que tenía siglos callando; ¿lo puedes sentir, viajero?
Corríamos, como con la presa deseada sentí en él la admiración por el oponente. Dos veces cayó, la primera decidimos esperar: estaba frente a un hombre que nuestro instinto llamó a temer. El viento que nos guiaba se calmó frente a él, esperamos observando tras los árboles. Creímos escuchar una voz conocida; frente a nosotros surgió una espantosa revelación.
Miró al suelo, su rostro se ensombreció; un fantasma terrible y desconcertante se manifestó ante nosotros. Los altos grises nos advierten, la sombra azul que sigue a nuestro redentor es señal de precaución; habrá que cuidar a dónde guiará nuestros pasos.
Zorro es perseguido por las sombras de su pasado, los ángeles susurran a sus oídos los recuerdos, los ángeles de ojos azules, los ángeles que habitan tras el Muro de Vidrio; los altos grises nos advierten.
El rumor de un recuerdo y el aura noble que rodeaba aquella figura humana aumentaron, como un repentino suspiro que oprime el corazón, para después desvanecerse. Realmente nos sentimos cercanos a nuestra madre y eso reanimó nuestras esperanzas; el plan continuó en pie: seguimos al zorro. No pudimos retener más nuestro deseo, derribamos al hombre con el viento que nos obedece y perseguimos a nuestro redentor en aquel juego divino de la presa y el cazador.
La segunda vez que cayó fue nuestro, le revelamos nuestra verdad, le otorgamos nuestro perdón: Zorro es ahora nuestro guía y yo, Seneél, me he convertido en el heraldo de mi manada. Mi mandato ha terminado, no soy más alfa.
Zorro nos guiará al lugar adecuado, un nuevo pacto está hecho. El viaje aguarda al frente, mas los altos grises no dejan de advertirnos: habrá que abrir los ojos.

¿Lo escuchas?, ¿puedes escucharlo? Algo se acerca… ¿Escuchas? Es el sonido de la muerte, ya viene.
Me aterraba la idea de salir, mi cazador merodeaba en la oscuridad, podía escucharlo. Se disfraza de un blanco plumaje, sigiloso te cubre, sombra fugaz y nocturna, ángel o demonio de enormes ojos que arrebata la vida del suelo. Debía arriesgarme, mis crías necesitaban comida, no tuve otra opción. Aquella fue la última vez que les vi. No lloren hijos míos, mamá volverá pronto, traten de dormir.
El viento… ¿lo escuchas? La sinfonía nocturna, el murmullo de tantos seres que, al igual que yo, buscan alimento protegidos por la oscuridad… no, sólo escucho el silencio. Repentinamente cesó aquella música que llenaba el viento. El silencio inquieta mi alma, algo se acerca, ¿qué es eso que calla a los demonios de la noche?
Escucha… pisadas sobre la nieve, un ser de gran tamaño; algo anda sin rumbo entre nosotros, ¿qué será?
Ahora lo veo: es un ser errante. Noto el miedo en sus ojos, huelo la inquietud en el aire que lo rodea, percibo la locura haciendo vibrar el suelo que pisa con su descarriado andar. El enfrentamiento a una nueva verdad, el punto de partida hacia un nuevo destino, la inquietud y el miedo de viajar: abandonar lo conocido y enfrentar lo que está por suceder en ese incierto mañana.
En el pasado abandoné mi mundo, creí que el camino de los míos no era mi camino, no era por el que deseaba andar. Así abandoné a mi familia. Al principio me mantuve cerca, vigilante; no parecían echarme de menos, no faltaba en sus vidas. Finalmente entendí que yo era quien los necesitaba, pues seguía ahí, deteniendo mi andar sólo para mirarles con nostalgia. Había dado el primer paso y ya nada me haría volver.
¿Qué es un viaje? El camino, el tiempo, los lugares; todo lo que atraviesa un ser antes de encontrar su destino… pero, ¿se puede viajar ignorando el destino?, ¿habrían conocido nuestros ancestros su destino antes de comenzar el viaje que nosotros intentamos concluir? Incierto, todo eso es incierto, y es imposible conocer la verdad. Inicié mi propio viaje sin conocer mi destino, a fin de cuentas ¿qué es un destino en sí? Si hubiese fijado mi meta, habría fijado también un límite a mi vida. Preferí viajar con una venda en los ojos.
Una vez vi a un hombre llevando un grupo de ovejas a través del campo. ¿Conocían las ovejas su destino? No lo creo; mientras el pastor las guíe, ellas le seguirán, pues las ovejas desconocen lo que son y se limitan a lo que les permitan ser. ¿Guiaba algún pastor a nuestros ancestros cuando comenzaron el viaje, nos guía alguno ahora?
¿De qué se trata esto, es la voluntad del pastor la que mueve a todo su rebaño? ¿Qué son las ovejas, sólo objetos o posesiones para él? ¿Y qué hay de ellas, tendrán un mínimo de conciencia de lo que son? Es ahí donde la verdad es mentira y la mentira se transforma en realidad, la realidad en una cura y la cura en una venda que cubrirá el rostro del rebaño para que sus corazones no se inquieten. La venda será su cura, y esta cura será su realidad, pero esta realidad ya no será jamás una mentira, pues sus almas la conocerán como verdad. Entonces, los cuerpos del rebaño serán solo un instrumento, y sus almas dormirán tranquilas dentro de él. ¿Por qué, por qué andar ese viaje que el pastor guía?
¿Entonces qué son?: Seres que se han transformado en el cuerpo de algo más, un cuerpo que mantiene vivas sus almas, en cuya conciencia duerme la semilla de un dios. Ese dios, ese pastor, existe en sus cuerpos siendo ellas uno sólo; un pastor que existe a raíz de ellas. ¿Son distintos los hombres, no se han unificado y proclamado como dioses en incontables ocasiones? Ellos, guiados por su pastor, sin conocer su destino, caminan por esa senda, ciegos, sin mirar el suelo que pisan. Y aun así desean ver.
Si el rebaño conociera de golpe una verdad distinta ¿le lastimaría, heriría su alma? El ser que vi en el bosque era un joven humano; cuando me alejé de los míos, mi incierto futuro estremecía mi alma, pero nunca llegó a aterrarme de tal manera. El rostro del joven era más bien el rostro de un ser a quien de golpe se le ha extirpado de lo conocido, de lo que era su hogar, de lo que era su venda. No todas las ovejas seguirán al pastor, habrá algunas que, impulsadas por voces en el aire, se abrirán camino a través de sus propias sendas. Mi curiosidad y arrojo me separaron de los míos, pero, ¿qué habrá separado a él de los suyos como para impactarlo tanto?
Al final mi destino fue complaciente. Encontré un nuevo hogar, encontré a más seres como yo, pude formar una familia, completando así el ciclo de mi vida; dando al fin, en su última etapa, lo que se me entregó en el principio: la oportunidad de vivir. ¿Por qué partí? No lo sé con exactitud, sólo me dejé llevar por esas voces inquietantes.
Aquel muchacho pasó frente a mí sin notar mi presencia, un roedor de campo es demasiado pequeño para darse a notar en aquella situación. Permanecía oculta al pie de un árbol, mirándole, cuestionándome el porqué de su perdido andar. Admiraba su cabello, era del color de la luna y reflejaba la poca luz de esta que conseguía atravesar el espesor del bosque. Aquello era nuevo para mí, había visto humanos antes, nací en un lugar habitado por ellos, pero nunca había visto uno como aquel, ¿acaso tan parecido a mí?
¿Qué somos?, ¿somos todos seres errantes que no conocen su destino, abandonados en este mundo? ¿Deseamos nacer?, ¿qué mueve entonces nuestros cuerpos?, ¿acaso el deseo de un dios?
Escuché un aleteo en el aire, pero ya era demasiado tarde; antes de que pudiera hacer algún movimiento, algo me golpea con violencia en un costado. Me cubre todo el cuerpo; cual ángel que cobija con sus alas a su protegido, mi cazador me envuelve en las suyas. Me clava sus garras en el pecho, atravesando mi corazón, deteniendo sus latidos. El mundo que conocía se tuerce ante mis ojos en un remolino de dolor. Todo pierde su forma y sentido, nada es ya más que un débil susurro de luz en la oscuridad de la muerte.
¡Oh ángel de blanco plumaje! Desgarras mi cuerpo con tus fauces, bebes mi sangre y devoras mi carne. Mi cuerpo alimenta tu cuerpo, mientras tu deseo inmortaliza mi alma. Sobre tu lomo atravieso volando la oscura cortina que oculta la última verdad, mientras a tus oídos llega, cual dulce canción, el sonido de los últimos latidos de mi corazón.
¿Escuchas? Desde aquí puedo escuchar, creo… No sé qué soy: ¿trozos de carne descomponiéndose en las entrañas de una lechuza, un instrumento para mantenerle viva?, ¿la herramienta mediante la cual se mantiene en pie para continuar su camino, como lo es el rebaño para su pastor? Me fundo con mi cazador, quien se fundirá con la existencia: sólo somos materia. Por poco tiempo mi alma permanece unida a mi cuerpo; a pesar de la experiencia, no es algo que me importe más, ya no tengo necesidad de ello. He partido de este mundo, ahora pertenezco a algo más grande. Por más rápida que llegue la muerte, siempre será lenta de sentir, pues es ahí donde el tiempo deja de importar.
La duda no existe más: soy también una herramienta; pero nunca fui guiada ciegamente por la voluntad de un pastor. De haber sido así, aquí, siendo lo que soy, me encontraría cara a cara con él. Mas no es así, es algo más grande, algo que aún no toma forma. Para mí, eso ya carece de importancia: hoy sólo soy, y Él sólo es.
No guardo rencor a mi asesino, ha sido él quien me abriera las puertas hacia la eternidad. Rencor siento hacia mí, por haber fallado a mis crías. De ellas dependerá ahora su destino, nada más puedo hacer. Yo, su herramienta, al servicio de la vida y no de un pastor, les he fallado. Caí al titubear sobre mi realidad. Sé que lo lograrán sin mí, deseo que así sea y para mí así será, pues esa es ahora mi verdad y no conoceré alguna otra jamás. Duermo tranquila.
Mis ancestros no fueron guiados por una promesa o un pastor, sino por su propia voluntad para vivir y dar vida: el más puro sentimiento de amor. Guiados por su instinto y carácter de creación, no por órdenes. Lo sé, pues en un tiempo yo fui guiada por esa fuerza. ¿Cuál es el deseo de un dios?, ¿tienen la inmortalidad asegurada?, ¿es por eso que el pastor guía un cuerpo que el tiempo no podrá aniquilar, a menos que su voluntad la extinga la duda?
¿Escuchas esas voces en el viento? ¿Las escuchas? Tú que me puedes oír a mí, ¿las escuchas?

Cierro mis ojos, recuerdo cómo atacaron a nuestra familia; llegaron a nosotros con sus armas ensordecedoras y sus garras metálicas, no pudimos anticiparlo. Los hombres son débiles de cuerpo, presumen tener la fuerza en sus mentes; ¡qué se puede decir! Así es como lo han logrado. Dependen de sus armas y herramientas para sobrevivir, embelesados por su poder no encuentran límite en sus acciones. Pisotean todo a su paso, cuanto desean, obtienen, sin pensar en lo que acarreará el que lo consigan. Sacrifican nuestras vidas a su demonio, a su raza, elevándose sobre las otras, proclamándose amos y señores de las tierras que guardan sus pies. Matan por placer, matan por algo más que supervivencia, por cosas banales, cosas que tarde o temprano los destruirán. ¿Qué es lo que los conduce, qué es lo que los embriaga?, ¿el demonio de la destrucción?, ¿el demonio de la muerte? No… es la sed de poder.
Sí, los hombres poseen una mente fuerte; pero, contrario a lo que presumen, no son inteligentes, pues no tienen la astucia para dominarla. Se atacan unos a otros, consumen más de lo que sus cuerpos necesitan, destruyen poco a poco la vida que les rodea, y ésta, tarde o temprano, acabará abandonándoles a ellos. Son ciegos ante la realidad: la sed del poder los ha cegado.
Recuerdo la persecución, invadieron nuestro refugio y nos empujaron hacía las faldas de la montaña. Nos culpaban de la muerte de un joven, un joven cuyos restos aparecieron en el bosque, en un claro no muy lejos de su pueblo. Nosotros no fuimos sus asesinos, no matamos algo para abandonarlo a su suerte como hicieron ellos con nuestros cuerpos. Si nosotros lo hubiéramos asesinado, lo habríamos devorado sin dejar rastro; pues sólo matamos para alimentarnos, para continuar el camino de la vida, para tener una oportunidad más de dar aquello que nos fue dado, el regalo primordial, la herencia de nuestros padres: la vida misma. Ese es nuestro objetivo, permanecer como especie, no prevalecer. Si pisoteáramos a nuestros inferiores, si les aniquiláramos en un arrebato de locura, moriríamos junto con ellos, pues dependemos de su compañía en este viaje. Como presa y cazador, siempre ha existido esta dependencia.
Los hombres son producto de una ruptura, mensajeros del caos. A donde dirigen la mirada, todo cambia, pues desean ver su rostro en cada lugar, sólo así se sienten seguros. Su adaptación es egoísta, destruyen nuestros hogares para crear los suyos; luego nos destruyen, pues nos creen una amenaza; pero la única amenaza son ellos mismos. Puedo escuchar el llanto del guardián, llora por sus protegidos; algún día, lo que los hombres llaman hogar, se convertirá en su tumba.
Mientras tanto, a nosotros, los seres de la tierra, sólo nos queda bajar la cabeza y esperar; cualquier resistencia acelerará nuestro fin y aumentará el dolor. Es tan difícil entender, fueron ellos quienes elevaron el nombre de nuestra madre al cielo al abrir sus ojos, ellos despertaron la voz del océano, se dijeron bendecidos por seres celestiales... Sólo podíamos sentirnos afortunados de no estar en su lugar, pues temíamos que su final fuera trágico; pronto nos dimos cuenta de que su tragedia también nos involucraría. Lobo es pecador, pues lobo nunca fue ajeno al hombre. Hoy nuestra madre llora sangre sobre la tierra profanada, la voz del océano duerme y aquellos cuyas voces son el canto de la muerte se acercan nuevamente a nuestro hogar. ¿Acaso son los humanos el fruto de su cosecha? ¡Oh guardián de la vida! Lejano veo el relato de los míos, ¿es que aquello que nos vendría a salvar se ha perdido en la infinidad? ¡¿Por qué no vienes redentor?! Líbranos de este cáncer que carcome nuestro ser.
Viví todo el tiempo subordinado en mi manada; siempre el último en alimentarse, siempre el último en todo; eran las leyes de los nuestros. ¿Quién las impuso? Nunca lo supe. Nuestros herederos vivirán bajo las órdenes de los humanos, estas fueron leyes impuestas por ellos; la única diferencia es que nuestras leyes tenían como objetivo coexistir con la vida, sus leyes le destruirán, aun cuando lo ignoren.
Estaba rodeado, no tenía escapatoria. A lo lejos, los inertes cuerpos de mis hermanos yacían dispersos en el bosque que les vio nacer: el color de su sangre disentía sobre su pelo gris y la blanca nieve. Bajé mi cabeza frente a su figura, poderosa y llena de odio contra sí mismo, cerré mis ojos, mi vida desfiló frente a ellos. Una curiosa cuestión: mi posición en la manada prevaleció hasta el final, pues incluso fui el último en morir. No pensaba oponer resistencia, mi alma lloraba por la muerte de los míos; aquellos con los que pasé toda mi vida, junto a los que crecí, me esperaban tirados sobre la nieve, reventados por el odio de los seres más terribles que la vida pudo engendrar.
Todo parece lento cuando esperas la muerte. Miré sus ojos, el hombre retrajo la punta de su arma, escuché un chasquido, luego un estruendo me empujó hacia atrás, un golpe terrible que quemaba, arrancando carne y hueso de mi rostro; caí al suelo, llorando lágrimas de sangre. La muerte llegó, no como un sufrimiento, sino como un alivio; toda la pena que sentía por mis hermanos desapareció, los concebí tan cerca de mí como nunca antes, sentí como si fuera uno con ellos. No tuve sensación en vida comparada con aquella. Estaban ahí, esperándome, me fui a reunir con ellos, pero ya estaba con ellos: yo era ellos, éramos uno sólo.
Creí que morir dolería, miraba el rostro de mi asesino, tan lleno de odio, esperando el dolor que traería la muerte; dolor que le otorgaría un placer infame, el placer de la venganza. Pero el dolor nunca llegó, aquella sensación que hubo en su lugar fue sólo una caricia dada por un mortal jugando a ser dios; caricia que culminó con una sensación incomparable: la eternidad, otorgada por un dios verdadero. Hacía sus tierras de paz me dirijo ahora, corriendo junto a mis hermanos en la caza más grande que jamás imaginé, persiguiendo la dicha infinita. Nuestro redentor vendrá a salvarnos, duerme entre nosotros, ya escucho su voz. Algún día, eso que los hombres llaman hogar, se convertirá en su tumba.

El olor de la mañana trae los recuerdos de mi infancia, antaño, cuando dormíamos juntos para cobijarnos del frío. Mamá nos nutría con la leche tibia que emanaba de su vientre, llenándonos de afecto; recordar aquellos días me hunde en la nostalgia. No los he vuelto a ver, hace mucho que me separé de ella y de mis hermanos. Ahora sólo soy yo.
Desde esta azotea puedo ver toda la ciudad. Su precoz actividad comienza antes de que raye el sol. Así son los humanos, siempre ocupados; podría jurarse que sus tareas no terminan jamás.
Los primeros destellos me dan en la cara: me agrada sentir su calor, me hace feliz… pero no desvanece el hambre. La mano del hombre es incierta, a veces generosa, a veces hostil. Este es el mundo que han creado, nosotros, los de cuatro patas, debemos adaptarnos. Bajo de la azotea buscando comida, dentro de un callejón consigo llenarme el estómago con sobras de la basura; he tenido suerte, pero la ansiedad no se va. Algo no me deja estar en paz, me sigue desde hace rato. Siento el peligro, lo huelo a él.
Caminaba de regreso, al doblar el callejón me encontré cara a cara con él. Muestra amenazante sus largos colmillos escurriendo baba espumosa. A pesar del temor permanezco serena, mirándole a los ojos; no tiene caso, están inyectados de odio. “¿Qué quieres de mí, hijo del parásito?” Retrocedo lentamente, pero eso sólo lo enfurece más. Se lanza al frente y ambos corremos, yo por mi vida, él por su presa. El hombre ve como un chiste que el perro persiga al gato, una vieja historia guardamos al respecto, pero no es momento de contarla.
Los humanos corren todo el tiempo, van de aquí para allá, sin rumbo, ayudados por sus veloces ruedas; aún recuerdo horrorizada el rugido de aquella bestia metálica a punto de envestirnos. Escuché el golpe… un crujido y mi cazador chillando le acompañó, al tiempo que la muerte me saludaba con un abrazo de asfalto y hule. Recuerdo la sensación de mis huesos astillándose y atravesando mi piel, un instante de dolor tan intenso que me hizo entender que hasta entonces no había recibido más que caricias en la vida.
Todo pasó tan rápido: de un momento a otro cazador y presa nos hallábamos destrozados, ya no éramos más que manchas en el pavimento, pues nunca fuimos más que sombras en la ciudad. Los hombres pertenecen a su propio mundo y sólo ellos lo pueden comprender; nosotros sólo vemos furia en su semblante y prisa en su andar. El vehículo que nos asesinó golpeó a otro que buscaba ganarle distancia, nos interpusimos en su camino justo en el instante en que se desencadenaba un accidente que también pondría fin a sus vidas. ¡Seres humanos tan imprudentes! Si tanto temen la muerte, ¿por qué juegan con su vida como si la tuvieran garantizada?
El sol ya se alzaba visible en el oriente; aun con dificultades seguía respirando, o al menos eso creía. Alguien me levantó con una pala y me introdujo en una bolsa con cal; no volví a ver la luz. ¡Adiós sol que iluminaste mi rostro tantas veces al amanecer, brindándome el cálido recuerdo de la infancia! Aquel tiempo cuando todo era ilusión. Lo último que vi fue una multitud reunida donde el accidente, una conmoción en medio de metales torcidos y piedras sueltas; mientras que escupen indiferentes sobre todo lo que crece o se multiplica sin su ayuda, chorrean vergonzosa empatía sobre cada tragedia en la que se ven reflejados. Son estos con quienes nuestros ancestros nos han dejado para concluir el viaje que ellos comenzaron en los tiempos sin memoria… estos, que en su soberbia creen habernos dejado atrás cuando nadie conoce realmente el destino de esta empresa.
Ya dentro de la bolsa, en la negrura, sentí caer sobre mí el cuerpo de mi cazador. ¡Somos tan semejantes! ¡Luchamos por vivir en un mundo muerto! Ante ella todos somos iguales: la muerte. No comprende nuestros enredos terrenales ni brinda preferencias, no importa lo distintos que nos juzguemos será siempre el último enemigo a enfrentar, y jamás será vencida.
Mi cuerpo estaba destrozado, la sangre de mi cazador fluía de sus heridas y penetraba en las mías, me embriagaba. Aun cuando entendía que luchar por mantenerme despierta era inútil, lo hacía deseosa, sólo para ser testigo de aquel ritual. Sentía su calor envolviendo afectivamente lo que quedaba del mío, mientras ambos nos extinguíamos. Podía sentirlo a él, dentro de su pecho arruinado aún quedaba vida, un corazón que seguía latiendo lenta y dolientemente, sufriendo sólo para mantener vivo aquel momento. Él me susurraba al oído su verdadero nombre, pidiendo perdón y suplicando mi compañía en la penumbra. Juntos, como uno, atravesamos el valle de la oscuridad: almas de dos amantes que en comunión van a tomar parte en el eterno. Así abandonamos nuestros cuerpos que solemnemente formaron un sólo cadáver.
En el último suspiro de nuestras vidas, ¿qué somos?: un cazador y una presa que se persiguieron hasta la muerte, o un par de seres, que como tales, expresaron su amor en un nuevo nivel.

Los ruidos de la noche me tranquilizan, me tumbo en la hierba y escucho; los ruidos me llaman. Miles de demonios cantan un himno al cielo ensombrecido y a la brillante luna, pues luz y oscuridad guardan un romance, somos testigos de sus caricias. Bailan en una marcha lenta, sus pasos son apenas sensibles al ojo de aquellos que, siendo amantes de la noche, se han detenido a mirarle; nocturnas bestias que en la oscuridad se enredan y con las sombras se mueven. Escuchando el vals de la luna, interpretado por las voces e instrumentos de los hijos de la noche, surge en mí el deseo de fundirme en este encuentro, pues ya luz y oscuridad son una sola. Soy testigo, me recuesto, escucho y admiro.
El viento me acaricia; sueño, corro por la pradera tan rápido como un alma libre. Al igual que una serpiente, muerde en mis adentros un siniestro golpe de adrenalina. Mi espíritu, antes en calma, se desborda de inquietud sin interrumpir mi paso. El tiempo se paraliza. Alguien me observa, me estudia desde la lejanía escondido entre la maleza. Jamás me había enfrentado a bestia tan letal, me convierto en la presa de un cazador que el mismo infierno escupió. ¿Por qué?, ¿qué es lo que quiere de mí? ¿Qué busca?
Algo penetró mi frente, no pude anticipar su llegada. Detenerme fue imposible, la muerte llegó con el crujido de mi cráneo, mientras la inercia me llevó a la tierra. Sangrando, tirado en el suelo, todo comienza a desvanecerse. Algo se acerca a lamer mi herida, alcanzo a sentir su lengua bebiendo de ella. Con sus colmillos me sujeta por el cuello y me lleva a donde su amo. Me desvanezco, me voy; el miedo que sentí al encarar el final se ha ido por completo y la libertad que experimento ahora no tiene comparación. Me voy, me olvido de este mundo. Sólo queda el dulce dolor que provoca el último aliento, un dolor que culmina con una explosión de placer y tranquilidad; semejante a un orgasmo inducido por el ser amado. Como si una gran espera terminara, dichoso me fundo con la existencia.
El sol me da en el rostro, me despierta; la noche ha terminado. Nada puedo recordar. Por alguna razón desconocida soy feliz, soy el ser más próspero en este bosque. Esta felicidad me hace correr sin dirección, sin destino fijo. Así, sin más, comienzo mi viaje hacia la dicha infinita, el gran viaje que estoy destinado a recorrer, como todo ser vivo en el universo. Llego a la pradera sin advertir la presencia del enemigo: un humano y su perro me observan cobijados por la maleza, esperando el momento perfecto para darme muerte; mi felicidad me ciega y no me permite darme cuenta de esto sino hasta que ya es demasiado tarde.
Ahora soy parte de la existencia inerte, mi piel adorna una pared en la casa de mi asesino y mis restos se pudren entre sus desperdicios. Mi cuerpo, sólo polvo, es ahora realmente uno con la creación, uno con el todo; pues se funde lentamente con él. No obstante, mi ser es ya uno con El Dios, soy el ser más próspero del universo… pero, ¿por cuánto tiempo?
