Es cerca de la una de la mañana y no puedo conciliar el sueño, hay un par de pendientes en mi cabeza dando vueltas. Ser estudiante de ingeniería, trabajar medio tiempo y encima de todo tener un proyecto personal de índole artística, mantiene los dos hemisferios de mi cerebro activos de forma constante. Se dice que el cuerpo calloso mucho más grueso de las mujeres les permite moverse con mayor facilidad de un hemisferio a otro, independientemente de si es o no cierto, yo no puedo disponer de esa ventaja nata. Con el mucho o poco esfuerzo que representa, para mí es como una doctrina; el movimiento entre dos planos distintos, el abstracto y el racional, y su conjunción y matrimonio en la gran obra de mi vida. Dios concibió al universo de esta forma, en él hay ciencia y arte: este es el modo en que los grandes construyen, así los gigantes fundaron la tierra. Por eso no me detengo, aunque a veces el tiempo apremie...

Una delgada chica de cabello rubio estaba sentada en un entarimado de madera en el traspatio de un concurrido restaurante campestre de la vieja parte de Grayhills; fumaba un cigarrillo en silencio, mirando pensativamente el hielo y el barro que había bajo un árbol. Sonó el teléfono.
–¿Mamá? –Preguntó preocupadamente al contestar, había visto el número y esperaba con impaciencia aquella llamada-. ¿Cómo sigue?
–Bien, ya estamos en casa; gracias a Dios no fue tan grave –del otro lado, la señora Leafbrown tranquilizaba a su hija mayor desde la oscuridad de su sala.
Cuando Marlene partió a la escuela aquella mañana, su madre le dio un abrazo para despedirla. La cálida sensación de proximidad, aunque efímera, fue intensa como nunca antes. Los nudos de su garganta se desataron:
–Marlee, ¿te gustaría volver a Esperanza, hija? ¿Quisieras volver a casa? –si le hubiera hecho aquella pregunta el día anterior, la chica habría afirmado sin vacilar; pero sólo se quedó callada, pensativa. Edelmira no quiso apresurar la respuesta...