
Tallaba fuertemente el carboncillo contra el papel, se sentía molesta, los recuerdos de lo ocurrido acudían a su mente enfureciéndola; era inevitable. Ahora era rabia lo que sentía, pero fue terror lo que la invadió en aquellos momentos.
Todo comenzó con claridad, cuando la luz llegó a sus ojos aquella mañana, ya estaba lista para recibirla. No necesitó de su alarma, estaba despierta, entusiasmada por iniciar el día. Era una sensación que desenterraba de la niñez, de los tiempos de luz. Incluso su madre debió notar aquel brillo en su mirada, por un momento, la brecha de inseguridad y preocupación que incomunicaba a madre e hija, fue flanqueada por un cálido abrazo. Se despidieron con la llegada del autobús, de pronto parecía que todo quedaba en su lugar.
Dentro del vehículo, Marlene reservaba un asiento. Su ocupante abordó el transporte en la penúltima parada antes de llegar a la escuela. Al verla, su rostro mostró una alegre expresión, él también la esperaba; la chica hizo algo que no frecuentaba hacer últimamente: sonreír. ¿Cómo imaginar que la desgracia le aguardaba en aquel día iluminado?...